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La piedra oscura. Crítica

La piedra oscura, obra teatral de Alberto Conejero, transcurre durante la Guerra Civil. En esta obra se escenifican los últimos días de Rafael Rodríguez Rapún -compañero de Federico García Lorca-, en una celda. Sebastián, un joven con sueño de músico que debido al desafortunado destino acaba como militar en una cárcel del bando sublevado, vigila a Rafael.

Se tratan temas como la importancia de la cultura, reflejado en el hecho inexorable de que la Guerra Civil truncó una de las generaciones de escritores más importantes de la literatura española:

RAFAEL.- Que tú y yo nos hayamos cruzado en este lugar, en esta madrugada. Que seas la última persona que haya conocido antes de morir. Podrás mirar a tus hijos y decirles: “Yo salvé esos libros que leéis en el colegio”.

 

Junto con esto, critica a la religión, como se puede observar justo antes de la muerte de Rafael. Con esto, el autor refleja cómo la Iglesia muestra un falso papel, el de ayudar a los demás cuando en realidad entorpece su desarrollo racional:

Que pida perdón antes de morir, que le suplique consuelo antes de enviarme a la muerte y puedan apuntar otro nombre a su lista de arrepentidos. Eso quería el confesor. Por eso le escupí y por eso él sonrió cuando me golpearon. Pues yo lo maldigo y maldigo a su Dios y maldigo a todos los que llenan el corazón de los hombres de miedo y de quimeras en vez de empujarles a luchar por la justicia y la alegría. ¿Te enteras?

La felicidad y el amor condicionado también se observan en esta obra. Rafael Rodríguez Rapún logra el mayor punto de tensión del drama cuando relata su historia de amor con el poeta Federico García Lorca. En el fragmento, Alberto Conejero expresa mediante la voz de Rafael lo que siente un homosexual a la hora de aceptarse y cómo la sociedad se interpone.

RAFAEL- No podía resistirlo. Yo me entregué, es cierto. Durante años. Le entregué lo que era. También mi cuerpo. Porque lo amé. Era la primera vez que me ocurría. Hasta entonces yo había deseado el cuerpo de las mujeres. Pero Federico… bastaba que se acercara y sonriera. Eso fue suficiente. La primera vez que me habló sentí como si me hubieran emborrachado, que mis músculos se quedaban sin fuerza y no podía moverme de ese rincón. Hasta que nos despedimos. Llegué a casa y vomité. Le pegué un golpe a la pared y el dolor de la muñeca me alivió el sufrimiento. Pensé que me había vuelto loco, que me había confundido. Me sonreía en los ensayos y yo trataba de apartar la mirada y me concentraba mentalmente en los ejercicios de la Universidad. A la semana recibí una nota para que nos encontráramos a solas. Y lo hice. Sí, ¿cómo iba a decirle que no? Si tú lo hubieras conocido, si tú hubieras compartido unos minutos con Federico podrías entenderlo. Me abrazó y me dio un beso. Era la primera vez que besaba a otro hombre. Sentí un amargor en la boca pero no me aparté. Y luego no sé cómo, no me di cuenta. Tenía ganas de Federico, ansiedad de Federico, necesidad de Federico. Legaron los viajes con el grupo y yo sentía que cada minuto con él ensanchaba mi alma. Le escuchaba hablar y me hacia pequeño, me hacia invisible. Hasta que llegaba la noche y nos abandonábamos a eso. Y me da vergüenza, me da verguenza pero llegó a gustarme. Cuando se fue Argentina pensé que iba a enloquecer. Habíamos pasado los últimos meses apenas sin separarnos  un instante. Yo siempre acompañándolo, “el amigo de Federico”, “Rapún, el chico que acompaña a Federico”. Me desesperaba escribiéndole. Intentaba que mis cartas no fueran ridículas al lado de las de él. Hasta que no lo aguanté. La gente empezaba a hablar y a él parecía importarle cada vez menos. No pensaba en mis padres, no pensaba en que yo/ así que intentaba olvidarlo, volvía a las mujeres y me entregaba a sus cuerpos pero luego tenía que regresar siempre a él. Pero no lo soporté. Yo no quería llevar esa vida,  no quería convertirme en una sombra al lado de Federico y que todo el mundo hablara de mí por eso. Veía cómo me saludaban cordialmente pero cuando los dejaba atrás se sonreían y murmuraban. Y esa palabra “maricón” retumbaba en mi cabeza.

 

Con esto, Conejero lleva al lector a realizar una reflexión. ¿Acaso se debe tratar la homosexualidad como se está tratando durante los dos últimos siglos? Se trata como algo diferente y no, eso es un error, la homosexualidad es algo normal. Hay estereotipos, ese es el problema. La sociedad los impone, no deja elección. Las personas deben crear su propio “yo”. ¿Por qué etiquetarse? Al final caer en una etiqueta es encarcelarse, no poder ser tú, ahí empieza la autodestrucción debida a la incapacidad de llegar a acceder a la felicidad debido a la frustración. El amor es un elemento que ayuda al ser humano a acceder a la felicidad. En ocasiones es imposible por el simple hecho de tu orientación sexual. Por ello, la homosexualidad no debe tratarse como algo diferente que haya que respetar, sino como algo habitual y normal, no hay que darle importancia. Si amas a alguien, le amas, da igual si es de tu sexo o del opuesto, amar no es malo. Debe desaparecer el término orientación sexual, el término homosexual y heterosexual, tan solo debe ser utilizado el término persona que ama, sin ningún tipo de diferenciaciones.

Daniel Quesada Dávila 2º BACHILLERATO

Manuel Melero

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